miércoles, mayo 21, 2008
miércoles, septiembre 26, 2007
EL CUERPO DE UNA CIUDAD
EL CUERPO DE UNA CIUDAD
por MARTÍN SOLARES
Gabriela León, una escritora y artista plástica que durante años ha trabajado con los restos del cuerpo humano (realizando performances con cenizas mortuorias, diseñando vestidos para muñecas con piel recortada por un cirujano plástico…) se concentra ahora en el cuerpo de una ciudad: Oaxaca, primera urbe sitiada, humillada, desoída, injuriada por los distintos estratos del poder mexicano.
La suya es una muestra sobre la memoria y la piel.
El videoclip muestra a una joven de cabello negro, vestida como modelo de Vogue, que se pasea frente a la Iglesia de Santo Domingo, uno de los sitios más emblemáticos de Oaxaca. A medida que la joven avanza y los fotógrafos abren su encuadre, la realidad se trastoca: en lo que parecía una foto diseñada por William Klein para una revista de modas advertimos la presencia de soldados, escudos, armas y camiones militares que siempre estuvieron allí. Son los mismos soldados que llegaron con la consigna de expulsar a la APPO unos días atrás. Tienen el dedo en el gatillo, pero la joven, sonriendo, pasa entre ellos. Quien examine las ropas de la modelo se dará cuenta de que fueron hechas con restos de una de las mil barricadas que se levantaron en esta ciudad, mismas que fueron barridas y destrozadas por la Policía Federal Preventiva, pocos días antes: el collar es un alambre de púas; el faldín, un trozo de manta; el corsé, los despojos de una llanta quemada. Los soldados ignoran cómo reaccionar. Nadie les dijo qué hacer en caso de que ocurriera un performance.
Este Paseo dominical, en el cual la artista arriesgó su integridad en unos días en verdad convulsivos, fue registrado por un grupo de videoastas y fotógrafos invitados por la performancera -y por incontables camarógrafos de la policía, sin que nadie los convocara. La versión de los artistas se puede consultar en Youtube. La versión oficial de la realidad, una superproducción millonaria, puede consultarse en Oaxaca.
Para que nadie creyera en este montaje, en los días que siguieron Gabriela León recolectó nuevos indicios de lo que ocurrió. Levantó trozos de colchón, pedazos de manteles, restos de un auto calcinado. Luego, volvió a pasear. En su caminata descubrió que los guardianes de la última barricada siempre ignoran en realidad qué defienden, por las noches, y que el centro de Oaxaca relumbra cada mañana. "Parece recién pintado", dicen los turistas, y en efecto lo está: un escuadrón al servicio del gobierno se levanta antes que la ciudad despierte, para borrar las pintas que surgieron por la noche. Es asombrosa la velocidad con que el gobierno es capaz de esfumar todo gesto de descontento e imponer una realidad sobre otra. Según dice un miembro de la escuadrilla, en media hora pueden borrar cualquier marcha.
Oaxaca no es tanto una urbe como una superproducción de paredes relumbrantes y demandas ignoradas. No solo el actual gobernador desoyó los primeros y justos reclamos de los maestros oaxaqueños, condenándolos a vivir en una zona turística con sueldos equivalentes a los de un campesino; tampoco el Presidente Fox escuchó a la inmensa multitud de oaxaqueños que pedían una solución pacífica al conflicto, hartos de que los ignoraran, golpearan, vejaran y se esfumaran sus fuentes de trabajo durante los seis meses que duró el enfrentamiento entre políticos y la APPO. Fox prefirió mirar a otro mientras se reprimía, encarcelaba y dejaba las demandas sin resolver. El nuevo presidente, Felipe Calderón, tampoco brilló por tomar una decisión encomiable. Permitió que la situación continuara siempre y cuando el PRI le diera el apoyo necesario para dirigir al país. Se organizó una represión vergonzosa: se amenazó por teléfono a los militantes, se denunció la desapareción de algunos maestros. Se balaceó la casa del maestro Francisco Toledo, uno de los mediadores que en todo momento conservaron su independencia y buscó una solución sin violencia. Entretanto el gobernador contrató a un kaibil guatemalteco para que dirigiera la seguridad del estado. Surgieron grupos de sicarios y revoltosos, la ciudad fue recorrida por grupos de gente armada que disparaban a diestra y siniestra a fin de atemorizar a la población (Cfr. Diego Enrique Osorno: Oaxaca sitiada, Grijalbo, 2007).
Ahora las paredes de Oaxaca se encuentran recién pintadas, pero no todos los oaxaqueños guardan silencio. Un puñado de artistas pretenden crear no un espejo predecible del gran montaje, sino un espejismo sugerente y complejo que explore y dé testimonio de la realidad que vivieron: un ambiguo registro, oscuro y preciso a la vez. Entre ellos, estas piezas de Gabriela León recogen las cicatrices del cuerpo de Oaxaca, la ciudad en que decidió vivir desde hace más de cinco años.
Luchando en todo momento contra el desencanto y cuestionándose si vale la pena persistir en el arte, luego de su atrevido performance entre los granaderos, Gabriela León recogió los restos de las barricadas que se encontró a su paso y las dejó descansar sobre pedazos de papel de algodón arrugado, mal cortado por las orillas, tal como salen de los talleres de papel de San Agustín Etla. Luego levantó este registro y con ello creó una docena de obras plásticas memorables e inquietas. En el centro de cada uno de estos testimonios persiste una legión de preguntas que no han sido atendidas.
Con gran ironía y vocación para el testimonio, Gabriela León registra los restos de una ciudad, los examina, reordena y calibra. Como su Paseo dominical, cada una de estos cuadros está buscando su propio lenguaje, uno que agite un poco la memoria y nos proponga un enigma: al mirar estos cuadros uno se pregunta si estas cicatrices representan la aplicación de la justicia o si son un signo de que el estado de sitio jamás terminó. Un nuevo alfabeto, interrumpido cuando iba a nacer. En todo caso, son indicios de un lenguaje que existió y que todos deberían conocer, porque las preguntas que planteaba no fueron resueltas.
Bio
Martín Solares nació en Tamaulipas, en 1970. Su primera novela, Los minutos negros, fue finalista de los premios Antonin Artaud y Rómulo Gallegos 2007. Actualmente se traduce al francés y al alemán, y en 2008 será publicada al inglés por Grove/Atlantic.
por MARTÍN SOLARES
Gabriela León, una escritora y artista plástica que durante años ha trabajado con los restos del cuerpo humano (realizando performances con cenizas mortuorias, diseñando vestidos para muñecas con piel recortada por un cirujano plástico…) se concentra ahora en el cuerpo de una ciudad: Oaxaca, primera urbe sitiada, humillada, desoída, injuriada por los distintos estratos del poder mexicano.
La suya es una muestra sobre la memoria y la piel.
El videoclip muestra a una joven de cabello negro, vestida como modelo de Vogue, que se pasea frente a la Iglesia de Santo Domingo, uno de los sitios más emblemáticos de Oaxaca. A medida que la joven avanza y los fotógrafos abren su encuadre, la realidad se trastoca: en lo que parecía una foto diseñada por William Klein para una revista de modas advertimos la presencia de soldados, escudos, armas y camiones militares que siempre estuvieron allí. Son los mismos soldados que llegaron con la consigna de expulsar a la APPO unos días atrás. Tienen el dedo en el gatillo, pero la joven, sonriendo, pasa entre ellos. Quien examine las ropas de la modelo se dará cuenta de que fueron hechas con restos de una de las mil barricadas que se levantaron en esta ciudad, mismas que fueron barridas y destrozadas por la Policía Federal Preventiva, pocos días antes: el collar es un alambre de púas; el faldín, un trozo de manta; el corsé, los despojos de una llanta quemada. Los soldados ignoran cómo reaccionar. Nadie les dijo qué hacer en caso de que ocurriera un performance.
Este Paseo dominical, en el cual la artista arriesgó su integridad en unos días en verdad convulsivos, fue registrado por un grupo de videoastas y fotógrafos invitados por la performancera -y por incontables camarógrafos de la policía, sin que nadie los convocara. La versión de los artistas se puede consultar en Youtube. La versión oficial de la realidad, una superproducción millonaria, puede consultarse en Oaxaca.
Para que nadie creyera en este montaje, en los días que siguieron Gabriela León recolectó nuevos indicios de lo que ocurrió. Levantó trozos de colchón, pedazos de manteles, restos de un auto calcinado. Luego, volvió a pasear. En su caminata descubrió que los guardianes de la última barricada siempre ignoran en realidad qué defienden, por las noches, y que el centro de Oaxaca relumbra cada mañana. "Parece recién pintado", dicen los turistas, y en efecto lo está: un escuadrón al servicio del gobierno se levanta antes que la ciudad despierte, para borrar las pintas que surgieron por la noche. Es asombrosa la velocidad con que el gobierno es capaz de esfumar todo gesto de descontento e imponer una realidad sobre otra. Según dice un miembro de la escuadrilla, en media hora pueden borrar cualquier marcha.
Oaxaca no es tanto una urbe como una superproducción de paredes relumbrantes y demandas ignoradas. No solo el actual gobernador desoyó los primeros y justos reclamos de los maestros oaxaqueños, condenándolos a vivir en una zona turística con sueldos equivalentes a los de un campesino; tampoco el Presidente Fox escuchó a la inmensa multitud de oaxaqueños que pedían una solución pacífica al conflicto, hartos de que los ignoraran, golpearan, vejaran y se esfumaran sus fuentes de trabajo durante los seis meses que duró el enfrentamiento entre políticos y la APPO. Fox prefirió mirar a otro mientras se reprimía, encarcelaba y dejaba las demandas sin resolver. El nuevo presidente, Felipe Calderón, tampoco brilló por tomar una decisión encomiable. Permitió que la situación continuara siempre y cuando el PRI le diera el apoyo necesario para dirigir al país. Se organizó una represión vergonzosa: se amenazó por teléfono a los militantes, se denunció la desapareción de algunos maestros. Se balaceó la casa del maestro Francisco Toledo, uno de los mediadores que en todo momento conservaron su independencia y buscó una solución sin violencia. Entretanto el gobernador contrató a un kaibil guatemalteco para que dirigiera la seguridad del estado. Surgieron grupos de sicarios y revoltosos, la ciudad fue recorrida por grupos de gente armada que disparaban a diestra y siniestra a fin de atemorizar a la población (Cfr. Diego Enrique Osorno: Oaxaca sitiada, Grijalbo, 2007).
Ahora las paredes de Oaxaca se encuentran recién pintadas, pero no todos los oaxaqueños guardan silencio. Un puñado de artistas pretenden crear no un espejo predecible del gran montaje, sino un espejismo sugerente y complejo que explore y dé testimonio de la realidad que vivieron: un ambiguo registro, oscuro y preciso a la vez. Entre ellos, estas piezas de Gabriela León recogen las cicatrices del cuerpo de Oaxaca, la ciudad en que decidió vivir desde hace más de cinco años.
Luchando en todo momento contra el desencanto y cuestionándose si vale la pena persistir en el arte, luego de su atrevido performance entre los granaderos, Gabriela León recogió los restos de las barricadas que se encontró a su paso y las dejó descansar sobre pedazos de papel de algodón arrugado, mal cortado por las orillas, tal como salen de los talleres de papel de San Agustín Etla. Luego levantó este registro y con ello creó una docena de obras plásticas memorables e inquietas. En el centro de cada uno de estos testimonios persiste una legión de preguntas que no han sido atendidas.
Con gran ironía y vocación para el testimonio, Gabriela León registra los restos de una ciudad, los examina, reordena y calibra. Como su Paseo dominical, cada una de estos cuadros está buscando su propio lenguaje, uno que agite un poco la memoria y nos proponga un enigma: al mirar estos cuadros uno se pregunta si estas cicatrices representan la aplicación de la justicia o si son un signo de que el estado de sitio jamás terminó. Un nuevo alfabeto, interrumpido cuando iba a nacer. En todo caso, son indicios de un lenguaje que existió y que todos deberían conocer, porque las preguntas que planteaba no fueron resueltas.
Bio
Martín Solares nació en Tamaulipas, en 1970. Su primera novela, Los minutos negros, fue finalista de los premios Antonin Artaud y Rómulo Gallegos 2007. Actualmente se traduce al francés y al alemán, y en 2008 será publicada al inglés por Grove/Atlantic.
martes, julio 17, 2007
Guelaguetza
Tomé estas fotografías a unas calles de mi casa durante el enfretamiento del 16 de julio del 2007.









